Un enmarque filosófico sobre el estado de la cuestión de la “desafección y la repolitización de la política” y de la relación entre el ciudadano y el Estado.

    Post de Mª José González Ordovás, incluido en el hilo de artículos que forman parte del Tema-LAAAB ‘Repolitizar lo cotidiano’ capitaneado por Jaime Minguijón.

    Es posible y aun necesario acercarse al ámbito de la política desde perspectivas muy diversas. Es más que probable que todas ellas aporten visiones y puntos de vista cuya suma y relación permita construir una idea más completa e integral de la sociedad que nos rodea y el momento que vive, una visión capaz, gracias al perspectivismo, de explicar con honesto rigor la realidad, sin ánimo de falsearla prescribiéndola más que describiéndola al acercarla de manera inconfesada a lo que quisiésemos que fuese más que a lo que efectivamente sea. Hacerlo desde la filosofía implica de forma consustancial hacerlo también desde la antropología, pues si siempre la preocupación sobre todo lo relativo al ser del hombre, tomado aisladamente o en grupo, fue importante para la filosofía, quizás en el presente lo sea aún más dado el alcance global de las decisiones y repercusiones a que el individualismo imperante conduce a la sociedad entera en lo cultural, en lo económico y, por supuesto, en lo político. La filosofía tanto como otras disciplinas ha tratado siempre de salir al paso de las debilidades, dificultades y problemas que han afectado a la existencia pública y gobierno del hombre. De entre los problemas que hoy adquieren el rango de desafíos para nuestra forma de vida en común que es la democracia adquiere especial relevancia la traída y llevada desafección, definida por Claus Offe como un “conjunto de fenómenos que tiene que ver con actitudes negativas y modelos de comportamiento de la gente hacia las instituciones públicas y hacia la práctica de la ciudadanía.”[1]

    Con todo, y lejos de cualquier ánimo justificativo, la desafección no debe ser ni percibida ni entendida como un hecho aislado ajeno al resto de los rasgos que caracterizan la lógica actual, antes bien, la desafección vendría a ser una especie del género más amplio de la decepción, rasgo definitorio al decir de Gilles Lipovetsky de la sociedad contemporánea.[2] Es más, en su opinión, la decepción sería estructuralmente inseparable de la democracia liberal, lo que en el contexto occidental vendría a significar inseparable de nuestro modus vivendi, así la desafección, la decepción, el desencanto, la desconfianza y, a resultas de ello, la sospecha formarían parte de nuestro horizonte vital. La fundamentación de tal estado de cosas deriva de la combinación de factores tan diversos como el hiper-individualismo, la ausencia o merma de los lazos sociales y la desregulación propia de la globalización. Pero junto a ello ha de considerarse también el efecto causado por las propias prácticas institucionales que sin necesidad de incurrir en la corrupción propia de tipos penales como la prevaricación o el cohecho alejan al ciudadano del núcleo de decisiones con sus tecnicismos y complejos procesos. De ese modo, depositado no solo el saber sino también en buena medida la decisión en manos de expertos provenientes de todas las especialidades pensables sean técnicas, científicas o sociales, se acaba por generar una “expertocracia” a raíz de la cual el papel de los ciudadanos se ve doblemente afectado: por un lado al verse reducido a la práctica escasamente frecuente del sufragio y, por otro, al verse “obligados” a transitar por laberínticos procedimientos burocráticos diseñados casi tanto para habilitar la participación como para disuadirles de ella. La consecuencia a que conduce la lógica del individualismo consumidor combinada con la referida “expertocracia” consiste en un alejamiento progresivo de la política que, lejos de ser unánime, produce la paradoja de una democracia deshabitada por muchos pero muy habitada por unos pocos que, con mayor o menor conciencia de ello, compensan la inacción o desinterés de una gran parte de la población tal y como algunos datos, como por ejemplo los de la abstención, nos demuestran. Late en el fondo de todo ello la amenaza de que la democracia acabe siendo convertida, vista y vivida como un bien de consumo más y, por tanto, analizada en términos de satisfacción de expectativas e intereses particulares alejados e incluso potencialmente enfrentados o contradictorios con el interés público o un bien común, absolutamente atomizado, reflejo fiel de la sociedad en que se inserta o debiera hacerlo. La aparición de todos estos síntomas no es sino la prueba de que la democracia no es una alejada abstracción sino que su puesta en práctica deviene tan importante como su entramado teórico. La salida, o cuando menos mejoría, de tales males ha de venir necesariamente de la mano de la ética tanto pública como privada que, o se la incluye como compañera de viaje, o correremos el riesgo cierto de hacer de la democracia una cáscara vacía. Todo está por hacer y puede hacerse.

    [1] C. Offe.- “¿La desafección política como consecuencia de las prácticas institucionales?”, en R. Maíz (Ed.), Construcción de Europa, democracia y globalización, Santiago de Compostela, Universidad de Santiago de Compostela, 2001, p. 1213.

    [2] Al respecto cfr G. Lipovetsky, La société de la déception, Paris, Textuel, 2006. (Edición en español: La sociedad de la decepción, Barcelona, Anagrama, 2008).

     

    Mª José González Ordovás

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